Primero fue Maduro, luego Colombia y después cualquiera que no se someta. Al final, siempre aparece el mismo actor: el Gobierno de Estados Unidos, que se presenta como imparable y justificado bajo distintos pretextos. Hoy es la “lucha contra las drogas”, ayer fue el “combate al comunismo”. La excusa cambia, pero el objetivo parece el mismo: el control, especialmente del petróleo venezolano.
La narrativa es conocida: si no hay consumo, no hay venta; si no hay venta, no hay problema. Entonces, ¿por qué insistir en una guerra eterna contra las drogas cuando el consumo sigue existiendo dentro de su propio territorio? Todo apunta a una farsa más del gobierno norteamericano, una estrategia para intervenir países ajenos mientras ignora sus propias responsabilidades.
Guatemala ya conoce esta historia. Sabe lo que es que un país poderoso invada o interfiera para derrocar a un presidente e imponer sus intereses. Antes eran “amenazas comunistas”; hoy son “narcoestados”. Cualquier argumento sirve con tal de vivir de los recursos de países que no están pensando en guerras, sino en sobrevivir.
La pregunta es clara: ¿se atreverían a lanzar una ofensiva similar contra Rusia o China? La respuesta parece obvia. No se trata de justicia ni de moral, sino de poder y conveniencia.
El secretario general de la ONU, António Guterres, dijo a través de un comunicado que estaba alarmado por los sucesos ocurridos el sábado en Venezuela y advirtió que la acción militar estadounidense en ese país tendría implicaciones más amplias para la región. “Independientemente de la situación en Venezuela, estos acontecimientos constituyen un peligroso precedente”, dijo, pidiendo que se respete el derecho internacional.